La mitad de la vida.

A veces me trastoca los planes recordarte,
con cierto punto de acritud que me corroe el semblante,
porque vengo de otra vida,
de otra realidad verdadera,
oscura, sin quizás ni porqué ni para cuando,
y aún me mata por segundos pensar en los días venideros,
en las tardes de algún extrovertido invierno,
de alguna pesadumbre que me até al recuerdo,
porque van haciendo mella,
van marcando a golpe de fuego esta piel corrupta del sistema,
a veces siento desvanecerme,
caer sin fondo hacia lo inaudito,
porque pienso en tu monstruo deshaciéndome las entrañas,
arrancándome el interior y dejándome sin alas
apiadándose bajo mi lápida del tiempo,
el mismo que nos regala versos, amaneceres y nostalgias,
pero esta acera que piso se desangra por momentos,
las calles de mi pecho son sucios suburbios
alegorías que danzan sin prisa,
tantos reveses azotaron ya mis manos para después vencerme,
que vacía el silencio de mis días,
de este puñado de horas que me regaló el destino,
desde algún viaje que observé en vilo,
pero aunque afirmo que el mañana me tiene atado,
aferrado  a un sinfín de neuras,
a un infierno sin calificativos
porque mas aún, te miro desde mis penumbras,
y te noto acechando mi alma,
queriendo agudizar los minutos que claman al viento
que desordenan los senderos de mi sino,
porque el hueco que cavaste en mis entrañas no es un regazo,
es un mar repleto de tiranías que despedazan mis adentros,
jugando con la controversia de estas manos,
de estos dedos cuando conjugan tu verano,
cuando subsisten temblando en el interior de esta utopía,
en medio de este desván desordenado.

Me arrebataste todas mis rimas,
esparciste mis versos por sobre el suelo,
me dejaste sin segundos con que llenar mi invierno,
para conformar mi primavera,
llegaste tan fugaz, tan traicionera,
que no me diste minutos para despertar,
cuando me inundó aquella nebulosa de algún especimen concreto,
aquella madrugada con olor a muerte,
al fin de unos días que marcaron mi sino,
al fin de un camino irracional,
vestido de tumba y cementerio,
tratando de frenar a toda costa el ritmo de mis impulsos,
de un latir que se detenía por momentos,
de un asedio impune y sin piedad,
que tornó de gris el viento,
de metáforas que daban nombre a mi lecho,
y a esas paredes que parecían el confín de lo vivido,
de unas horas sin justicia para evitar cuál tragedia nombre.

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